
La democracia latinoamericana bajo presión mientras informes regionales alertan sobre polarización y crimen
A lo largo de los recientes ciclos electorales, candidatos rivales se han acusado repetidamente de debilitar las normas democráticas. En el mismo periodo, un conjunto de evaluaciones sobrias sobre la salud democrática en América Latina ha entrado en el debate público. En conjunto, estos desarrollos apuntan a una creciente inquietud sobre cómo se sostiene la gobernanza en la región.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha publicado un estudio amplio sobre democracia y desarrollo, titulado Democracias bajo presión. En su prólogo, el informe señala que las tensiones actuales «se desarrollan en un contexto en el que las democracias enfrentan presiones nuevas e interconectadas. La polarización política se ha intensificado. El crimen organizado y las economías ilícitas han ampliado su influencia en algunos contextos. Las plataformas digitales y la inteligencia artificial están transformando la esfera pública y la forma en que las personas participan en la vida política».
Por separado, la revista española Tiempo de Paz ha publicado una edición especial sobre la gobernanza en América Latina, coordinada por Paquita Sauquillo y Carlos F. Liesa. El volumen examina fuerzas estructurales y contextuales que moldean los cimientos democráticos en la región. Junto con artículos sobre condiciones económicas, seguridad, violencia y la creciente migración, Marcela Ríos —representante de International IDEA para América Latina y exministra de Justicia de Chile— evalúa una democracia regional atrapada entre la resiliencia y el desencanto público.
Ambas obras convergen en la idea de que la democracia latinoamericana se encuentra en un momento crítico, aunque enmarcan el problema de formas ligeramente distintas. El estudio del PNUD indica que «retoma la noción de una “democracia de ciudadanos” propuesta por el informe del PNUD de 2004», al señalar que «incorpora el papel del Estado como mediador clave entre la democracia y el desarrollo humano». Ese énfasis en el rol central del Estado marca un cambio respecto del análisis de 2004, que otorgaba mayor peso a lo que denominaba «la creación de la ciudadanía».
Esa división analítica recorre varias contribuciones y la introducción de la edición latinoamericana de Tiempo de Paz. En su núcleo hay una pregunta sobre cómo debe valorarse la democracia. Una visión trata la democracia de manera instrumental, midiéndola por los bienes públicos que entrega —empleo, escolaridad, salud y servicios afines—. Otra la trata de manera sustantiva, como un sistema mediante el cual las sociedades pueden resolver decisiones colectivas sin violencia. Donde domina la visión instrumental, el respaldo a la democracia tiende a subir y bajar con choques estructurales más amplios, incluidas las recesiones económicas globales. Donde el valor sustantivo es ampliamente comprendido, el apoyo tiene más probabilidades de perdurar en tiempos difíciles.
Durante las consultas que produjeron el informe sobre democracia de 2004, esa doble comprensión se destiló en una frase ampliamente aceptada: «La calidad de la democracia depende no solo de la calidad de las instituciones, sino también de la calidad de la ciudadanía» —en otras palabras, de la solidez de la cultura política de los ciudadanos—. El documento de 2004 trató, por tanto, la construcción de la ciudadanía como indispensable para consolidar lo que llamaba una democracia de ciudadanos.
Ya entonces, el informe de 2004 expuso instintos divergentes entre analistas que veían al Estado como base del progreso democrático y quienes depositaban mayor confianza en la cultura política de los ciudadanos. En el estudio del PNUD de 2026, voces que favorecen un enfoque más centrado en el Estado parecen haber resurgido como parte de un esfuerzo por «reimaginar los futuros de la democracia». Algunos lo leerán como una actualización necesaria; otros pueden verlo como un retroceso respecto del modelo centrado en la ciudadanía que ha recibido elogios desde 2004.
Sin embargo, como argumenta el número especial de Tiempo de Paz, la elección puede ser ilusoria. Estados fuertes y capaces y un trabajo sostenido para profundizar la ciudadanía mediante una cultura política que honre el valor sustantivo de la democracia no necesitan tratarse como caminos opuestos.
Sindicado desde Jamaica Gleaner · publicado originalmente el .
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